lunes, 19 de mayo de 2014

Las foteles, o algo de eso

Hoy vengo a hablaros de la nostalgia planeada. Del recuerdo prefabricado. Exacto, me refiero a las ¡calcomanías retroiluminadas!



Desde más bien pequeñico, todo el mundo a mi alrededor era más bien plastidecor (deberían ahorcarme por ese juego de palabras) con todo aquello de sacarse fotos en todas partes y a todas horas. Yo, por supuesto, ignoraba que conforme pasara el tiempo cogería más asco al tema. Y es que hace diez o doce años, casi todo el mundo utilizaba todavía cámaras de carrete, de esas que llevan ruleta —y con las que los chiquillos normales se creían Tintín, o algo así— y, claro, había que ser sabio a la hora de tirar las fotos, porque la cosa no estaba como para gastarse las pelas en carretes y revelado. Había que tener cuidado de que la foto saliera lo mejor posible y con todo el mundo lo más natural que pudiera. Las fotos estaban para conmemorar esos momentos especiales, para tener un recuerdo intuido, esbozado, de una vivencia determinada. Vivencia heterogénea y cambiante, además de casada y con hijos, según al fotografiado que entrevistemos. 

Ya sabéis, como dijo Fred en Carretera Perdida, de David Lynch.

Hablo de esa excursión a Mérida en la que vuestro sobrino Carlitos echó la de dios en el asiento de atrás del Peugeot 205; o de aquel camping en el que vuestro cuñado, Paco, acabó bailando con una corbata anudada en la cabeza canciones de Miguel Bosé y Amaral. Pero ahora todo eso se va al traste con tanta foto instantánea (benditos smartphones), con esa obsesión por retratarlo todo en vez de captar la referencia, algo que nos remita a lo que fue nuestra propia percepción. Para mí no es lo mismo una foto de grupo post-pota en Mérida  con la cara de haber visto a la Virgen del niño que cincuenta selfies junto a él, dos vídeos y un canal de YouTube con treinta mezclas de dubstep con el pobre zángano echando su alma por la boca. No, ahora todo se centra más en lo inmediato, en la obsesión por enmarcar un plano secuencia de nuestras no-actividades; de lo que queremos que los demás crean que hacemos, vamos.

Caras falsas, poses artificiales, complejo de pato: es el horror vacui de la felicidad pictórica y metida con calzador en un zapato que nos queda grande. Por si no se me ha entendido con estas metáforas tan POCO sutiles, intento explicar que lo bonito de los recuerdos es que sean personales e intransferibles con independencia de que provengan de una fuente común o no —como puede ser una fotografía donde aparecen varias personas—. ¿Qué necesidad hay de martirizar a una persona a base de fotos sobre aquella noche llena de vodka y travelos? ¿No es más «bonita» una foto en la boca de metro de Chueca que deje volar nuestra imaginación? ¿Qué enseñaréis a las novias o novios de vuestros muchachos? ¿Los añadiréis al Facebook para que se den ellos mismos una vuelta por el álbum privado «Cosas de caca 2» y «Mi Juanito con un peto en la terraza 3»?

Venga, John, no escondas el cubata, que esta te juro que no va pa'l Feisbus.

¿Qué queda de la adolescencia de vuestros padres? Cuatro fotos mal paridas que captan su esencia. Quizá esté basada en recuerdos muy distintos de la realidad, pero a fin de cuentas es al individuo a quien la memoria y el bienestar nostálgico debe afectar en primera instancia. Veo tan triste como inevitable que, probablemente, gran parte de las generaciones actuales desarrollen un mayor sentido del ridículo por esa tensión (que no todos la tendrán, está claro) de la contínua vigilancia, del miedo a la viralidad. No tenemos más que echar un vistazo a YouTube para ver vídeos donde niños de diez u once años imitan a los que llevan sus canales de YouTube favoritos. Todos los niños y adolescentes hacen tontadas, pero ahora quedarán en un segundo plano paralelo a la realidad; un plano que antes no existía y que presentaba el «atractivo del olvido». Claro que, siendo optimistas, ser un «fototóder» no te exime de ser un nostálgico de toda esta murga que os suelto, pero si me pongo así me va a ser difícil hablar del tema, eso sí.


Parece que sea un abuelo, ¡pero os juro que soy joven! 


En definitiva, las fotos son el mejor medio para conservar un recuerdo de mil y una maneras; y yo creo que la más romántica resulta ser la que se «llevaba» en los noventa: una foto para mil historias y mil historias para una foto. Si contínuamente nos echamos fotos en sitios sin encanto, que no significan nada, por no hablar de la incertidumbre de si saldrán bien al revelarlas, ¡pierde la gracia! Por supuesto, también influye con quién salgas, pero sigue siendo una lástima ver cómo tantas personas suben cientos y cientos de fotos cada sábado y todas ellas se asemejan entre sí una barbaridad. 

Así es como uno acaba por dar más importancia a la imagen prefabricada que comentaba antes, la que se quiere que todos vean. 
Así es como la imagen pierde valor y sentido. 
Así es como la magia se va y queda relegada a cuatro nostálgicos que van a revelar carretes o que usan cámaras Polaroid para hacerse los guays.
Así es como se pierde la gracia de contar historias, ¡todo el mundo lo ha visto ya en tu perfil!

Puede que una imagen diga más que mil palabras, pero no lo dice igual.


Menos fotos en plano secuencia y morros de pato y más fotos de jarras amontonadas y caras de victoria. O algo de eso, como veáis.



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