sábado, 4 de enero de 2014

Tiremos los libros, salgamos a la calle

Hace ya un tiempo que no escribo nada debido a la falta de tiempo, pero hoy he pensado que podría ser interesante comentar la última película que he visto. Y, bueno, desearos un feliz año 2014, ya que estoy. Un año especial, sin duda; los niños que nacieron en el 2000 (En el 2000, TÍO) ya han entrado en la pubertad y a estas horas deben de estar gritando a sus madres y mandando emoticonos resultones a alguna muchacha o muchacho.



La película se titula Tiremos los libros, salgamos a la calle, (Sho o suteyo machi e deyou). Es la ópera prima del japonés Shuji Terayama y vio la luz en el año 1971. Si he decidido hablar de esta película es porque me ha llamado mucho la atención; especialmente para ser japonesa. No soy un experto en cine, y mucho menos en cine japonés, pero cualquier persona que haya visto más de diez o quince películas de procedencia nipona de las «normalitas», se habrá dado cuenta de que las escenas subidas de tono son más discretas y se tiende a recurrir menos a ellas que en un película occidental, no suelen hacer gala de efectos especiales demasiado ostentosos (si es que los hay), tienen una estructura narrativa muy cerrada, etcétera. Pues bien, esta película, ya de entrada, nos muestra un apartado sonoro en clave de rock, varios guiños por la cara a Marx o interesantes juegos con el color: secuencias con un filtro morado, otras con uno verde, en blanco y negro y, por supuesto, a color.


Acho, tío, ¿cómo funca la camarica esta del coponcio?

La película narra a través de escenas parcialmente aisladas la historia de un joven tokiota, pobre y con una vida caótica que forma parte de una familia disfuncional. No obstante, en un segundo nivel bastante obvio, la película hace referencias a la represión y a las ganas de vivir propias de la contracultura juvenil que se desarrolló durante los años sesenta. Gente gritando en las calles, drogas, sexo, transexuales, violaciones,... Todo lo que no esperas en una película japonesa (si no has visto muchas, como ya digo antes). Por parte de una película japonesa, mi cabeza concebiría antes la idea de un pulpo gigante que viola a niños de primaria que ver a un japonés que se parece a John Lennon fumándose un PETA (¿lo pilláis? pulpo... animal... PETA... GRACIOSO).

¡Nooooo! ¡Está nublaooooo! ¡Ahora no podré ir a esa cafetería 
que vende pandorinos al aire libre!

Estamos, por tanto, frente a una película especialmente polémica según el contexto en el que se enmarca: Japón, un país que no es precisamente conocido por su liberalismo y en los años 70, donde todavía quedaban bastantes lazos con el Japón feudal. Muchos más de los que hay hoy en día. Sin duda, debéis ver esta película, aunque tengo que admitir que no creo que le guste al gran público, precisamente por esa falta de conexión que hay a veces o de la «excesiva lujuria» que queda manifiesta. 

Mención especial a la banda sonora y a la interpretación de Hideaki Sasaki, aunque la mayoría de personajes están muy bien interpretados; incluso los de dos minutos.


PD.: Sé que dije que en esta entrada hablaría sobre el idioma japonés, pero como me ha acordado después de escribir esto, lo dejo para una entrada futura.

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