domingo, 26 de enero de 2014

Paletadillas

—Tiene usted que subir las escaleras mecánicas a pata. Y no se le ocurra ponerse en el lado izquierdo, que ahí van los que quieren bajarse en Valdecarros; es decir, en el quinto pino a la derecha —dijo un patán embutido en unos pantalones de pana verdes—. Yo sé que ustedes, los de pueblo, no saben muy bien cómo usar uno de estos aparatos, pero hágame caso si no quiere que le metan un buen puntapié.

Qué manía tenemos todos de distinguir a la gente de pueblo de la de ciudad, ¿eh? Yo hasta hace más bien poco hacía una distinción muy vaga a no ser que el pueblo en cuestión fuera un villorrio de menos de mil habitantes, pero parece que la diferencia es enorme, oigan. Resulta que Madrid es el centro de todo (como es obvio) y el resto de ciudades o regiones no son más que concentraciones de paletos y de vacas, con la excepción de Barcelona, donde también hay ovejas, claro. Es cierto que cuando la gente que no está acostumbrado a un sitio tan frío y lleno de gente como Madrid todo le sorprende: «¡Bua! ¡Vaya pedazo de edificios!», «¡gente tocando mal la guitarra en el metro y no en escenarios, increíble!», «todo el mundo va con prisa y con cara de malas pulgas a todas partes menos a Chueca», «¡los inadaptados de Plaza de España que salieron por la Sexta una vez!», etcétera. 

Pero ¿qué me decís de las «paletadas a la inversa»? El opuesto de pararse en las escaleras mecánicas del metro es el de maldecir a cuatro dioses distintos porque el próximo tren pasa en dos minutos, por ejemplo. O el de ir por la calle andando mientras lo único a lo que se presta atención es al periódico o a un libro (bueno, ahora más bien al teléfono) en contraposición a ir boquiabierto con la cabeza levantada y señalando el letrero de algún edificio de los de Gran Vía. ¡Hacerse una foto en la Plaza Mayor es menos denigrante que comprarse un gorro de Navidad brillante! Por no hablar de eso que responde ante el nombre de «Cortylandia», por el amor de dios: niños que acuden de forma masiva acompañados de sus padres, de miradas vacías y almas apesadumbradas... ¡Están todos siento adoctrinados y nadie hace nada! Y aún tienen el valor de decir que son seres civilizados, ¡já! Aunque reconozco que es casi peor quedarse quince minutazos delante de uno de esos ¿indios? que se sientan sobre tablas preguntando a algún guiri con cara de Bertín Osborne que cómo lo hacen mientras sacas veinte fotos sin echarles ni un mísero céntimo. 

¿Se acuerdan de lo de La Manga?

Aunque las paletadas de entre los más paletos son siempre protagonizadas por urbanitas adinerados que deciden gastar su semana de vacaciones en La Manga del Mar Menor o con los cinco niños del demonio y la suegra en una casa rural en Guadalajara. Estos seres tan civilizados me recuerdan a los delfines en cautividad. Mirad que yo no soy excesivamente paleto (bueno, esto es susceptible a debate), pero estos especímenes están tan acostumbrados al asfalto que luego van y les fascinan las «tontás» más normales del mundo: una libélula, un río que lleve algo más que mierda, gente que camina tranquilamente a menos de treinta kilómetros por hora, una botella de agua que vale menos de dos euros... Como los ingleses en África, vamos.

En el fondo somos todos igual de fáciles de sorprender, hayamos nacido en Bilbao o en Villanueva del Trabuco (que está en Málaga, no me lo invento). A unos nos emociona el progreso que viene de la convención social y a otros lo rural y la naturaleza, que tristemente se está convirtiendo en lo raro y lo especial y parece que nos gusta martirizar al extranjero nacional; llama la misma atención un sevillano en Barcelona que un vallisoletano en Huelva... 

1 comentario:

  1. QUÉ COJONES TE PASA CON LOS SOMBREROS QUE LA GENTE SE COMPRA EN NAVIDAD, PAYASO >:(

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