sábado, 12 de octubre de 2013

Floyd el Loco empieza sus canturreos.

Llevaba ya un tiempo pensando en hacerme un blog, pero es ahora cuando me he animado a hacerlo con el único objetivo de escribir sobre todo lo que se me vaya ocurriendo de manera que pueda resultar atractivo a alguien; que sea divertido o entretenido leerme. Ya sea escribir sobre la vida diaria, acerca de alguna película que merezca mención, publicar algún relato corto o poesía (sobre todo esto último), etc. La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar, así que, de momento, me voy presentando en esta entrada y ya iré viendo cómo avanza la cosa.



¡Pa'llá que me voy, achoooo!

Escribiré bajo el seudónimo de Floyd (el Loco) y soy estudiante de Lenguas Modernas, Cultura y Comunicación en la Universidad Autónoma de Madrid. En efecto, me interesan bastante todas esas «movidas» de los idiomas. En concreto, estudio dos: inglés y japonés. El inglés es una lengua a la que le he cogido el «gustico» de manera casi forzosa; me la empezaron a enseñar en el colegio (o lo intentaron muy vagamente), oía continuamente decir a todo el mundo que el inglés iba a ser el idioma del futuro (tampoco se equivocaban mucho),... Todo esto hecho puré, sumado al hecho de que en comparación a la mayoría de compañeros de colegio e instituto siempre se me dio bien, hizo que cada vez me fuera gustando más y más. Disfruto de la música, de algunas series y películas en inglés y es perfecta como lengua herramienta para comunicarme con gente extranjera que no habla español o yo no hablo su lengua. No obstante, llevo un tiempo que mi inglés mejora a pasos de hormiga por motivos varios, entre ellos está esa desmoralización que siento en la universidad, donde tengo muchos compañeros con un nivel muy alto, ya sea porque han tenido medios para estudiar en el extranjero o porque simplemente han sido más AVISPADOS que yo y se han puesto a leer libros en ÍNGLIS como locuelos.
Por otro lado está el japonés, idioma froko alternativo donde los haya. Allá por 2003 vi «El último samurái», y creo que fue entonces cuando empecé a sentir curiosidad por la cultura japonesa (especialmente por los samurái). Era bastante pequeño así que todo aquello para mí era un mundo nuevo y desconocido, no sabía demasiado de nada que tuviera que ver con oriente (todavía no estaba todo plagado de tiendas de alimentación regentadas por chinorris ávidos de eulos) y claro, yo lo flipaba de lo lindo con todo ese ir y venir de espadas y pelambreras raricas. No obstante, mi mayor acercamiento a esta cultura, y sobre todo al idioma, llegó cuando empecé a ver animación japonesa en japonés, es decir, ya no eran «Dragon Ball», «Doraemon», «BoBoBo», etc. doblados al castellano. Empecé a ver «NARUTO». Sí, amigos, empecé con ESO, como casi todos, pero poco a poco fui viendo más series de animación, llegando a tragarme mierdas muy grandes, todo sea dicho, hasta que mi interés en las series de animación decreció considerablemente. Vamos, que he visto unas cuantas (la mayoría muy típicas) y ya está. Pero esto me impulsó a estudiar japonés. No es que yo quisiera hablar como mis personajes de animación favoritos, no, sino que, acostumbrado a encontrar similitudes con el castellano en el inglés, el francés, el alemán, el italiano, etcétera (algo obvio), me chocó mucho el gran abismo que había entre el castellano y el japonés, si bien la pronunciación se asemejaba mucho más que la del castellano y el inglés, por ejemplo. Bueno, quizá ya me extienda sobre esto más en alguna entrada, que esto es solo la presentación y no quiero ponerme muy zamarro.
Ahora viene el tema del nombre del blog (tengo que buscarme un dibujo bonico para poner en la portada y que no os queráis ir, O ALGO). Nací en Murcia y siempre he vivido ahí hasta el curso pasado, que me vine a Madrid a estudiar. De eso viene que el nombre que he elegido para este espacio sea «Pronuncia la Ese», porque, si controláis un poco sobre los dialectos y acentos de nuestro ¿amado? país, habréis caído en la cuenta de que cada vez que un murciano intenta pronunciar un plural parece como si estuviera a punto de regurgitar toda la merienda. Y no está la cosa como para ir por ahí echando por la boca la comida que tu madre te ha preparado (o tu padre, que aquí rechazamos firmemente al heteropatriarcado opresor, y al no opresor también, por opresores). Vamos, que cuando llegué a Madrid me di cuenta de que a todo el mundo le parecía graciosa mi manera de hablar, algo que mola porque me daba la sensación de que yo era gracioso, cuando obviamente lo gracioso es que te dejes por ahí una ese o una erre sin pronunciar de manera estándar, digamos. Así que, eso, ¡pronunciad, malditos, pronunciad!

En fin, que ya veré qué diablos escribo en la segunda entrada, ¡hasta la próxima!

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